lunes, 29 de octubre de 2012

UNA HISTORIA QUE CONTAR



 Vivimos tiempos irreverentes, en los que no se respetan las más sagradas enseñanzas recibidas por nuestros padres y en los que se han olvidado los más elementales principios que mamamos de la leche con que se nos alimentó durante el tardofranquismo.



   No es pues de extrañar que algunos destinen el sagrado tiempo del Domingo al trabajo, contraviniendo los venerables preceptos que nos inculcaron desde niños







  No es mi caso. Prefiero destinar los últimos rayos cálidos del sol de Otoño, al dolce fare niente de la tradición latina, al soliloquio o al discurso fácil; bañada la nuca por los últimos rayos uva del ya desplomado sol otoñal.










    Tambien el discurso, la discusión apacible, el discernir entre luces y sombras, causan en mi un placer inenarrable, cercano al éxtasis inducido por el vino que el galeno a tenido a bien erradicar de mi dieta diaria.



    
  Mientras otros ostentan las huellas del trabajo, adheridas a sus manos como estigmas.




Me recreo en el placer de un vaso de té bien frio, o la evolución de la proyección de las sombras que los oblicuos rayos de sol lanzan sobre las pulcras paredes otoñales. 







Mientras se recrea mi ser en la apacibilidad de la herramienta de trabajo, indolentemente abandonada en cualquier rincón, o el poso de café sobre un plato de postre.





La naturaleza se obstina en mostrarme la perfección del acabado de una tela de araña. Resultado inequívoco de horas de paciente trabajo.



A lo que, impertérrito, respondo con la lectura de unos párrafos de Paul Lafargue y su Derecho a la Pereza. O reconstruyendo mentalmente nuevas composiciones para las herramientas apoyadas en el muro.




   Los últimos rayos de sol caen con fuerza sin ángulo aparente con la línea del horizonte. Ni las arañas osan mostrar su presencia en este instante.





Mientras los higos, hijos del sol y de la lluvia, se habren voluptuosos ofreciendo su vulva jugosa y atrayente. 




      Sin duda, como a Don Quijote, los efectos del Sol han reblandecido mi cerebro. Cegado por sus rayos, me ha parecido ver entre las zarzas la figura de una amiga hace tiempo perdida. Joana, como Melina nacida griega, se ofrece ante mi vista no cual virgen vestal, si no como voluptuosa sacerdotisa de Dionisos. Vaya para ti y tu pais la mejor esencia de mi cariño!

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